Todo se remonta a 2024, cuando decidí ir al Cosquín Rock para ver, además de todos los artistas, a Airbag..
Ese fue el punto de partida de algo que en ese momento no dimensionaba. Fui, los vi, todo increíble… pero todavía seguía siendo “un show más”.
Ese mismo día anunciaron las fechas en el Luna Park, y creo que ahí empezó todo. No me preguntes por qué, pero decidí comprar entradas para 4 de las 6 fechas (y no, a las otras dos no llegué: se agotaron).
El 29 de febrero de 2024 me compré mi primera remera oficial. Todavía la tengo. Y la sigo usando. Nunca fui de usar remeras estampadas, pero esa… esa la usé hasta el cansancio.
Después de esos shows largaron el último tour de Jinetes Cromados. Al principio me sumé a las fechas más cercanas: Tandil y Mar del Plata. Nos organizamos con un grupo de personas que no nos conocíamos, alquilamos una combi con chofer y fuimos.
Esa aventura fue un punto de quiebre.
Ahí fue donde algo se encendió.
Empecé a comprar fechas que, según yo, “quedaban cerca”. Así llegué a Rosario. Y en Rosario ya no había mucha lógica: con Hara decidimos sacar entradas no solo para otras provincias, sino también para otros países.

Ahí apareció Uruguay y después no paré más.
Vivir en gira
Fecha tras fecha, mi sueldo empezó a irse casi por completo en esto. Viajes en micro, viajes en avión, lo que fuera. El grupo empezó a crecer, y con eso también el hate en Twitter… pero nunca nos importó. Lo importante pasaba en otro lado.
Uruguay fue, sin dudas, la fecha más especial.
Dormimos toda la noche en la calle, sin carpa, con frío. Pero había algo distinto en el aire. Nos pusimos de acuerdo para ir todos con la camiseta de la selección argentina —sí, medio provocador— pero también como una forma de decir “estamos acá”.
Yo llevé una bandera que pinté a mano: “donde sea, cuando sea”.
Y era exactamente eso.
Cuando Airbag salió al escenario y vio todo ese celeste y blanco en la valla, se les notó en la cara. No hizo falta que dijeran nada.

Después de eso, ya no hubo vuelta atrás Paraguay, Mendoza, San Juan (dos veces), Córdoba, Salta, Tucumán… la lista sigue.
Y en algún momento me cayó la ficha. Estaba en Ezeiza a las 5 de la mañana, tomando un avión solo para ver un show de dos horas. Ahí entendí que ya no era algo normal. Pero tampoco quería que lo fuera.
El año cerró con tres estadios llenos. Y fui a los tres.
Tenían algo especial, una mística distinta, era el cierre lógico para ese año.
Yo ya venía con una lesión en el pie desde mitad de año. Y en el último show, en la última canción, sentí cómo se terminaba de romper.
Las lágrimas me caían sin poder frenarlas, pero no me iba a ir.
Aguanté hasta el final, recién cuando se fueron, me sacaron en silla de ruedas y me llevaron al médico.
Fue un año único, irrepetible, no lo cambio por nada. Pero hoy tampoco lo repetiría.
Porque si bien una banda puede darte mucho… también, de alguna forma, te vacía.

